El deseo
aviva y prolonga el sentir
La posesión lo detiene y apacigua.
Si yo no hubiera deseado tanto aquella Supercocina de Rico,
en estos momentos no estaría acordándome de ella. El maletín de maquillaje de
la Sta. Pepis era mucho más popular, pero a mí lo que me gustaba era la cocina.
A estas alturas, no sé si será porque nunca la tuve, creo que me quedó un
trauma, lo cierto es que no me gusta cocinar. Era preciosísima, la veía en los
anuncios por Navidad en la tele en blanco y negro. Sus muebles, su alicatado, su
cocina con campana, lavadora, nevera y aquel asombroso menaje de aluminio blanco.
Nunca había visto aquellas maravillas en verdad muy alejadas de la cocina de mi
casa con tres filas de azulejos blancos y pequeños encima del fregadero y un
pollo en el que descansaba la cocina de gas con un hueco para la bombona y una
cortinita delante. Para mí era un sueño irrealizable tenerla, pero aún así,
soñaba y soñaba y me apañaba con mis viejos cacharritos y mis muñecas desgreñadas
jugando a las casitas. Recuerdo una vez que fui a Córdoba con mi madre a
visitar a un familiar enfermo, lo que no ocurría muy a menudo, y su hija que
era de mi edad tenía una cocinita parecida a la que yo deseaba, me pasé la
tarde jugando con ella y disfrutando, pero a la vuelta tuve una sensación de
pesadumbre por no vivir en la capital y que mis padres tuvieran los medios
suficientes como aquellos parientes que le habían comprado tan maravilloso
regalo a su hija. También recuerdo que nunca dudé de su amor por mí, pero era
consciente de las limitaciones económicas de la época. Y llega un día en que, sin saber muy bien cómo, vas renunciado a tus sueños de forma imperceptible y te encuentras instalada en la insípida cotidianeidad de la supevivencia.
