Es como un enamoramiento azucarado. Pronuncias su flamante
nombre con ingenuo alborozo, lo recuerdas una y otra vez con entusiasmo. Lo
observas y buscas en sus rasgos reminiscencias de un pasado feliz y te conmueves. Sabes que no te
pertenece pero lo sientes tuyo.
Te provoca una inagotable sonrisa y a tu mirada le otorga, el
indefinible brillo de la felicidad. Lo tomas en tus brazos y tus entrañas se
estremecen. Sientes tu veteranía en la
vida, y quieres protegerlo a cualquier precio.
