Me contó Soledad que sobre todo en las noches más crudas de
invierno, pensaba en la gente que no tiene donde dormir resguardada del frío y
daba gracias sin saber muy bien a quién o a qué, por tener un hogar
confortable y amor para dar y recibir. Que disfrutaba deambulando por la casa a oscuras a esa hora mágica,
en la que el cielo se está apagando pero aún no ha caído de todo la noche. Que
le gustaba sentirse un poco miserable negándose a encender la luz. Que estos
paseos ciegos duraban unos minutos. Encendía un cigarrillo y entraba en el baño
con la peregrina idea de encontrar dos clavillos incandescentes en el
espejo, sonreía al ver solo uno y lo
dejaba en el cenicero, luego llenaba su botella en el grifo obediente con el
dedo en la boca hasta que rebosaba el agua. Que bajaba la persiana de su cuarto
y que preparaba la cama como si de un ritual sagrado se tratara. La abría por
la esquina derecha colocaba una almohada
pequeña en vertical y volvía a taparla de forma imprecisa, después se iba a la
otra esquina doblaba ligeramente la almohada principal y metía debajo su
minúsculo transistor dejando el cable de los auriculares encima, así su
castillo privado estaba a punto para el descanso. Cuando regresaba al salón ya
no quería sentirse miserablemente ciega, encendía el brasero eléctrico a máxima
potencia para sentir rápidamente en sus pies helados el calor y de la lámpara,
la luz auxiliar de lectura. Que se rebullía en el sofá hasta encontrar la
postura más cómoda. Que cuando la noche ya estaba instalada y el trajín callejero
iba desapareciendo como la niebla bajo el sol, de pronto se hacía un crepuscular silencio, similar al
de las horas desiertas, con la particularidad, de que la noche estaba recién inaugurada
y esta calma muda y temprana le parecía sublime. Que de forma cada vez más
espaciada se escuchaba en la calle algún motor o pasos de retirada y que poco a
poco todo se iba silenciando con secreta nocturnidad. Que pasaba un tiempo siempre
indefinible hasta que decidía retirarse a su mullida fortaleza y que luego ya
solo se oía de forma ocasional, el crujir de
muebles o paredes como viejos huesos reumáticos, el viento
zarandeando la ventana o el goteo de la lluvia. Que ya no escuchaba noticias porque la
ponían triste o de mal humor, solo Radio Clásica.