lunes, 11 de febrero de 2013

Calma muda



Me contó Soledad que sobre todo en las noches más crudas de invierno, pensaba en la gente que no tiene donde dormir resguardada del frío y daba gracias sin saber muy bien a quién o a qué, por tener un hogar confortable y amor para dar y recibir. Que disfrutaba deambulando por la casa a oscuras a esa hora mágica, en la que el cielo se está apagando pero aún no ha caído de todo la noche. Que le gustaba sentirse un poco miserable negándose a encender la luz. Que estos paseos ciegos duraban unos minutos. Encendía un cigarrillo y entraba en el baño con la peregrina idea de encontrar dos clavillos incandescentes en el espejo,  sonreía al ver solo uno y lo dejaba en el cenicero, luego llenaba su botella en el grifo obediente con el dedo en la boca hasta que rebosaba el agua. Que bajaba la persiana de su cuarto y que preparaba la cama como si de un ritual sagrado se tratara. La abría por la esquina derecha  colocaba una almohada pequeña en vertical y volvía a taparla de forma imprecisa, después se iba a la otra esquina doblaba ligeramente la almohada principal y metía debajo su minúsculo transistor dejando el cable de los auriculares encima, así su castillo privado estaba a punto para el descanso. Cuando regresaba al salón ya no quería sentirse miserablemente ciega, encendía el brasero eléctrico a máxima potencia para sentir rápidamente en sus pies helados el calor y de la lámpara, la luz auxiliar de lectura. Que se rebullía en el sofá hasta encontrar la postura más cómoda. Que cuando la noche ya estaba instalada y el trajín callejero iba desapareciendo como la niebla bajo el sol, de pronto  se hacía un crepuscular silencio, similar al de las horas desiertas, con la particularidad, de que la noche estaba recién inaugurada y esta calma muda y temprana le parecía sublime. Que de forma cada vez más espaciada se escuchaba en la calle algún motor o  pasos de retirada  y que poco a poco todo se iba silenciando con secreta nocturnidad. Que pasaba un tiempo siempre indefinible hasta que decidía retirarse a su mullida fortaleza y que luego ya solo se oía de forma ocasional, el crujir de  muebles o  paredes  como viejos huesos reumáticos, el viento zarandeando la ventana o el goteo de la lluvia. Que ya no escuchaba noticias porque la ponían triste o de mal humor, solo Radio Clásica.